La sonrisa detrás del lipstick.

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¿Dónde reside el valor de una mujer? ¿A caso su encanto femenino vive en la curva de su cintura, en lo torneado de sus piernas, en el color de sus ojos o en la firmeza de su pecho? ¿En la forma de sus labios, el brillo de su pelo, lo sensual de su paso?

¿Qué define lo femenino en una mujer? ¿Serán sus ojos y sus manos y el cuidado que le da a su aspecto? ¿El uso de labial y crema humectante? ¿El acto coqueto de ponerse unos aretes y descubrirse el cuello? ¿El olor que su fragancia, combinada con la química de su piel, deja a su paso? Tal vez su vientre plano, sus pómulos rosados, lo sensual de sus caderas o lo suave y llano de su espalda. 

No hay duda, el físico de una mujer es bello y placentero y digno de admiración. Nos encanta, nos seduce, nos llama, exige nuestra atención. Sin embargo, ¿nos damos cuenta de que lo que hemos estado admirando tan fervientemente, es únicamente  la “cáscara”?  ¿De que hemos caído redonditas en el juego de la sobrevaloración del físico? Y llevado a un extremo, no tan lejano, ¿somos capaces de ver que  hasta nos sentimos menos, no sólo como mujeres sino como personas, cuando nos comparamos con alguien a quien consideramos más atractiva que nosotras? 

Y fácilmente se nos olvida que un gesto de verdadera empatía siempre será más poderoso que caminar con seguridad en tacones altos. Una escucha abierta y paciente es más fuerte que unas “piernas pilates” sin celulitis. Una mujer que se atreve a conocerse, a escudriñarse, y a buscarse a sí misma a pesar del miedo que pueda sentir, a educarse y también a desaprender; es una mujer en contacto profundo con su ser femenino y eso es indiscutiblemente más espectacular que un busto impecable o unas manos con esmalte diferente cada jueves. 

Así que, qué tal si esta vez le diéramos a nuestro cuerpo su justo valor (¡porque lo merece!) y nos tomáramos un jugo verde desintoxicante (tan de moda estos días), hiciéramos una hora y media de yoga (tan de moda desde hace tantos siglos), nos pusiéramos un lipstick alegre y así le agradeciéramos todo lo que hace por nosotras. Acto seguido, nos olvidáramos de nuestro empaque y nos pusiéramos a ejercitar los músculos de la intuición, la gentileza, la calidez, la paciencia, el espíritu, la sonrisa. El corazón.  

¡Salud!

 

 

Conspiración Moda presente en los escenarios más relevantes de la moda nacional. Esta vez tuvimos el honor de acompañar a Trista y Sandra Weil en el Mercedes Benz Fashion Weekend, Guadalajara. ¡Making fashion come true!

Habemos mujeres que estamos totalmente convencidas del dicho “de la moda lo que te acomoda”. Es un dicho de entrada, sensato, así que habrá quien diga, “¡qué grupo de mujeres tan inteligentes!” La cuestión es que cuando esta sensatez para vestir se convierte en apego a un “estilo personal”, es muy probable que una buena mañana al abrir nuestro clóset, nos encontremos con que la selección ante nuestros ojos es básicamente la misma que veíamos hace 5 (¿10,15?) años.

Faldas del mismo largo, pantalones del mismo corte, colores de la misma gama, texturas muy similares. Ropa con la que nos sentimos cómodas y creemos que mejor nos queda y mejor nos representa. Claro, habrá una blusa por aquí y una falda por allá que se salgan del molde y nos hagan sentir hasta “fashionistas” pero la frecuencia con la que nos ponemos estas piezas “exóticas” no se compara con la que muestra el desgaste y decolore de nuestras prendas “de cajón”.

Algunas de las integrantes de este gremio de mujeres sensatas (solo hablo de sensatez para vestir, aclaro) somos ávidas lectoras de revistas de moda. Nos sabemos las nuevas tendencias, hacemos nuestro mejor esfuerzo por nombrar las marcas y diseñadores más exclusivos con apego a su acento de origen; podemos admirar y comparar el corte, la proporción y el “fit” cuando vemos la prenda en alguna celebridad (internacional o local). También sabemos utilizar los accesorios a nuestro favor y vernos frescas y renovadas con un collar o unos aretes. Las pashminas/zapatos/bolsos son nuestra mejor herramienta para evitar vernos “como foto”. Pero al final del día, estamos casadas con esa ropa que “nos acomoda”. 

Pues en esta “homogeneidad fashionista” transcurrían mis días hasta que el fin de semana pasado una amiga a quien le admiro el estilo para vestir, me dio un regalo atrasado por mi cumpleaños. El solo hecho de recibir un regalo de cumpleaños a destiempo, es razón suficiente para elevar los niveles de serotonina de cualquier mujer y más cuando la bolsa de regalo es de una tienda que nos encanta. Pero cuál fue mi sorpresa (desilusión), al encontrarme con una blusa muy bonita pero nada, “Yo”. Después de darle a mi amiga un efusivo “gracias” (muy sentido) y un “¡sí, me gusta mucho!” (actuado, espero con convicción)  lo primero que hice (con la mayor discreción) fue buscar el ticket de regalo.  Ese papelito que representa el decline a la invitación a salir de nuestra zona de confort. 

Y me pregunto, ¿y si aguantáramos la ansiedad y le diéramos oportunidad a la novedad? ¿Si resistiéramos el llamado de lo conocido y abriéramos la mente y el cajón donde guardamos el vestido no estrenados que nos regaló nuestro marido/novio/hermana?  Porque esos regalos además de reflejar el gusto de la persona que los da, nos dan una pista de quienes somos para ellos. De cómo nos ven. Y eso a su vez nos da una nueva posibilidad de ser. 

Y quien yo quiero ser es una mujer con un estilo personal bien definido y que al mismo tiempo esté dispuesta a aventurarse y tomar riesgos. Alguien que se abra a la posibilidad de reinventarse a sí misma más seguido y pueda usar la moda como herramienta para lograrlo. Una mujer que se emocione más por el regalo, lo que significa y la libertad que promete y menos por el aburrido e impersonal ticket que lo acompaña. 

Estás haciéndote pedicure en tu casa, esforzándote para que el morado no te manche la cutícula y que los brillitos plateados queden en el mismo nivel en todas las uñas. De repente suena tu celular. Es Marissa, te habla para decirte que no va a poder ir a la despedida de Clau pero que se enteró que sí va Diego… y que ya está soltero. La cosa se empieza a poner interesante. ¡Más interesante que el viaje de Clau de nanny a Boston!

Esto lo tienes que aprovechar pero la pregunta del millón y medio de dólares… ¡¿Qué te vas a poner?! Buscas en tu closet, más evidente imposible, no hay NADA emocionante. Tampoco puedes pedirle más dinero a tus papás para comprar ropa, eso está claro. Así que tiene que ser algo con lo que te veas guapísima sin gastarte una fortuna.

En eso te acuerdas de algo que habías visto en Facebook y te había llamado mucho la atención. Conspiración Moda, una tienda de renta de vestidos de diseñador. Buscas en la web y la búsqueda te lleva directo a su página web. ¡Tienen vestidos padrísimos! Algunos muy elegantes y otros muchos, perfectos para una reunión, no tan formales. Pero están en Guadalajara y no tienen sucursal en Querétaro. Qué lástima, era una gran opción… Sigues leyendo. ¡Ah envían a cualquier lugar de México!

Entre toda la selección de vestidos que tienen te enamoras de un Juicy Couture de encaje blanco con rosa neón. Es un vestido romántico y femenino pero no te vas a ver más elegante de lo necesario. Te animas y empiezas el proceso de renta online. La página es igual de amistosa que la persona que contesta tus preguntas en el chat. Ella te confirma que te enviarán ese mismo vestido en una talla un número más grande, así te aseguras que uno de los dos te quede perfecto. 

Al presionar el último “Rentar” te sientes un poco nerviosa. ¡Nunca habías comprado y muchos menos rentado, algo online! Pero tus nervios no tenían fundamento. A los dos días recibes tus dos vestidos en una caja hermosa con un gran moño y cuando la abres los dos vestidos están ahí, envueltos en delicado papel de China blanco. Dentro de la caja viene también una guía pre-pagada de Estafeta para que regreses los vestidos y unas instrucciones que te dicen que los regreses  sin lavar, el día después de tu evento.

Corres a tu cuarto, te encierras y te desvistes en dos segundos para probarte el talla S, tu talla. ¡Te queda pintado! Se te ve tal como esperabas. ¡Listo, tu outfit está perfecto nada de qué preocuparse!

Si tan sólo pudieras decir lo mismo acerca de tu estrategia para conquistar al tan guapo, tan carismático, tan varonil, tan simpático y TAN soltero, Diego…

Aunque cuando te vea con ese vestido, ¡tal vez ni de eso te tengas que preocupar!

Un blog de moda.

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La columna vertebral de este blog es la moda. Los zapatos. Los accesorios. Los pliegues estratégicos en un vestido estructurado para la oficina. El delicioso chiffon de seda de un vestido que usarás una sola vez, el día de tu boda. Unos jeans ricos, no sólo usados sino desgastados, que te pones para todo y con todo. El largo de la falda “maxi” y lo bien que se le ve un chaleco suave de ante  y unas alpargatas color crema (cuando andas en onda bohemia, que es seguido).  El “jumpsuit” de tela delgada que se le ve bien a un número  mínimo de mujeres (aunque tantas se empecinen en probarle al mundo lo contrario). Un collar de perlas perfectas, ante tus ojos inexpertos, haciendo contraste con el vestidito negro que compraste para la inauguración de la galería de arte.

De eso se trata este blog. De la moda, del estilo, de la ropa y su protagonismo en la vida de las mujeres. Después de todo el blog se llama Conspiracion Moda, el tema está, claramente, en el nombre. Que no quede duda. 

Y sin embargo la vida se me atraviesa en el camino y cuando me siento a escribir algunos de los temas que se me ocurren son:

1. Llegaron las vacaciones de verano. Dos meses de niñas sin ir a la escuela y lo que eso le hace a mi (volátil) paz interior.

2. ¿Cuál sería un menú rico y especial para organizarle una cenita a mi esposo y recordarle cuánto lo quiero (porque estos últimos días mis hormonas le han vociferado lo contrario)?
 3. El efecto benéfico de la lectura por placer, acompañada de una copa (o tres) de vino blanco casi helado. 

Como verán, en ninguno de esos temas es protagonista “la moda”. Así que mi plan de acción es el siguiente. Una Vogue española, una Elle mexicana y  una Marie Claire gringa. Un vainilla rooibos extra caliente.  Mis pantalones cargo con una camisola de seda blanca. Mi chal azul-verde de lino con algodón. Unos calcetines calientitos con lo que las pantuflas se vuelven superfluas. Un cuarto bien iluminado, rosas blancas en un florero de cristal sobre mi escritorio. Libros de Chanel, Balmain y Dior  al alcance de la mano. Una mezcla de Bajo Fondo y Vivaldi armonizando con el silencio y la quietud de la casa. Y por si las dudas, un letrero de “Favor de No Molestar” colgado de la puerta del cuarto. 

Ahora sí, me siento lista para escribir exclusivamente sobre el mundo de la moda…. Para lo que también me siento lista es para no abandonar el sueño que acabo de describir, por un periodo largo de tiempo. 

La realidad es que la realidad llama y su llamado es insistente. Así que por el momento (indefinido e indefinible) este blog de moda estará hilado con seda y lentejuelas y también tejido con días de parque, helado de fresa y sol. 
Nada como el encaje para sentirte femenina y romántica. Como salida de un sueño en el que tú eres la protagonista y todos quedan rendidos a tus pies, infatuados por la dulzura envuelta en sex appeal que despides a tu paso. 

Nada como el encaje para sentirte femenina y romántica. Como salida de un sueño en el que tú eres la protagonista y todos quedan rendidos a tus pies, infatuados por la dulzura envuelta en sex appeal que despides a tu paso. 

www.conspiracionmoda.com

Un anillo de esmeralda.

Caí en el  hechizo que causan las joyas, por primera vez, cuando tenía 7 años. Ocurrió un domingo en la tarde, en el callejón que está a espaldas de la Glorieta Chapalita. Un callejón largo y angosto saturado con puestos de comida y  tendidos de juguetes estratégicamente posicionados “a nivel del niño”. Ese domingo mi papá nos dijo, a mis hermanos y a mí, que cada quien podía escoger una cosa, algo para comer o para jugar.

El menú callejero era amplio y colorido. Había churros rellenos (la grasa para sumergir la masa en intensa ebullición en un enorme cazo a nuestro alcance inmediato), guasanas (el estado optimo de los garbanzos), raspados de mucho sabores (unos más naturales que otros), elotes enteros o en vasito, buñuelos, papa fritas hechas “in situs” y una fruta pequeña que a la segunda mordida escalda la lengua por varios días (y que a la fecha, no puedo recordar su nombre).

Mi tierno olfato me guiaba directamente a los elotes. El vapor dulzón se escapaba de la olla, medio cubierta por un grueso plástico translucido que ayudaba a mantener muy caliente el agua donde estos nadaban. ¿Cuando iba yo a imaginar que ese día, en el camino hacia ese puesto tan bien-oliente, me estaba esperando el destino? El destino de toparme cara a cara con un placer que a la fecha, me causa más gozo que encajar los dientes en un elote sazón bien embarrado con chile, limón y sal (este segundo gozo, herencia 100% materna).

El placer que estaba en mis cartas conocer ese día era el que solo las joyas pueden ocasionar. Ahí, en el puesto de los juguetes, a un costado del de los elotes, entre mazos de cartas, trompos de colores brillantes, pequeños tubitos de una sustancia chiclosa para hacer burbujas, juegos de lotería e imitaciones burdas de Barbie, había una cajita de cartón con aproximadamente 50 anillos con “piedras preciosas” de todos los colores. Y lo que era aún más maravilloso, ¡todos me quedaban!

Escogí uno con piedra verde (o sea, con una esmeralda) y me lo puse de prisa pero con reverencia. No recuerdo más de ese paseo a partir de ese momento. La magia había surtido efecto. Seguramente me tropecé cada dos pasos; no podía dejar de ver mi mano derecha, instantáneamente enaltecida. Con ese anillo me sentía punto y a parte. Bordada a mano. Segura que la gente podía ver, desde la distancia, a la niña elegante, agraciada y de gusto tan exquisito que era yo. 

A la fecha ponerme un anillo nuevo me remonta, aunque sea un poquito, a ese estado de bienestar infantil. Un estado casi mágico creado por el recuerdo del olor a un domingo perfecto de mi niñez. A la novedosa sensación del metal frío contra la piel y a mi pequeña y enjoyada mano, apretada contra la mano fuerte y tibia de mi papá al cruzar la transitada avenida tapatía. 

                                                              Rossana Julián C.

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(foto: https://www.flickr.com/photos/glorietachapalitarte/2730053947/in/photostream/)

La última tarde de junio.

Estoy sentada frente al monitor, dedos posicionados en el teclado, tratando de encontrar un pequeño atisbo de inspiración que desde ayer anda esquivo. Chai bien caliente a la mano, Natalia Lafourcade y su “Mujer Divina” suena desde la sala (un llamado a que se aproximen las musas). Mis hijas sentadas a mi izquierda, con colores y libro para colorear, a punto de ser estrenados. 

Una tarde femenina por sus integrantes y sus actividades. Tarde dedicada a conectar con el interior. A estar en casa, a convivir entre nosotras tres. Tarde en la que nos olvidamos del correr a la clase de natación, correr al súper, correr a casa de los abuelos, correr a terminar pendientes, correr y correr e ir hacia afuera, más y más hacia afuera. Me parece vital que ellas sepan (y yo recuerde) que el “saber estar”, es igual de importante que el saber correr. El estar y ver “que pasa” (o deje de pasar). El controlar el impulso de salir  en búsqueda de una nueva actividad en el instante en  que terminen de colorear y me digan “¿mamá y ahora qué hacemos?

Me parece que hemos aprendido a dar un valor desmedido a las actividades con energía masculina. A las actividades productivas, las que generan ingresos, las que desarrollan nuestros músculos, las que retan nuestro intelecto, las que nos llevan del punto A al B y en el camino nos hemos olvidado de ese espacio de silencio entre letras. Ese punto que hace posible la conexión con nuestra respiración, que nutre el lazo entre los demás y nosotras mismas. Ese espacio que se ensancha cuando te sientas, sin prisa, a platicar o simplemente “a estar” con otra mujer.

Hoy siento una profunda gratitud por las mujeres con quienes “me he sentado a estar”. A quienes les debo tanto de lo que me constituye. En esta pausa de hoy agradezco el estar rodeada de mujeres a quienes por razones tan diversas, admiro y quiero tanto. Mujeres que han forjado su vida a base del amor por sus seres queridos, por sus ideales, por sus pasiones, por el llamado a seguir componiendo su propia, imperfecta y única historia. Mujeres que me han enseñado tanto sobre mí misma. Que me han compartido sus secretos y han sabido escuchar y guardar los míos. Mujeres que han acompañado mi caminar y me han retado a seguir; sirviendo como espejo de la fortaleza, firmeza y constancia de mis propios pasos.

Hoy, con mi taza de chai ya vacía y mis hijas listas para contar cuentos que aún no se han escrito, doy las gracias a mis mujeres.

Gracias profundas a mis Mujeres Divinas. 

                                                               Rossana Julián C.