Una cena real.

Seguramente has jugado este juego:

1. Abres una revista de moda, impresa o virutal.

2. Le preguntas a tu novio, amiga, esposo, mamá o hermana, que identifique, entre los cinco vestidos o looks que tienes en frente, cuál es el que tú te pondrías.

3. Si la persona le atina a la primera quiere decir que conoce lo más profundo de tu ser. No es que sepa lo que estás pensando, ni que siga el movimiento de tus ojos, sino que realmente te conoce, porque obviamente no hay indicador más objetivo y confiable para conocer las profundidades de alguien más, que sabiendo qué outfit (absolutamente inalcanzable) escogería.

La maravilla de esta dinámica es que tiene algo de mágica. Es como tener un “wish list” de la ropa más perfecta e imposible de obtener pero una vez que tu mejor amiga identifica cuál outfit es “el tuyo”, por algún motivo el vestido, traje, falda o pantalón adquieren muchos grados de cercanía a tu clóset. 

Ayer me puse a ver algunas páginas de moda con fotos de los vestidos del New York Fashion Week, otoño-invierno 2014. Era demasiada la hermosura que flotaba frente a mí en la pantalla de la computadora. Así que claro, tenía que jugar. 

El primer outfit que quise, ipso facto, fue de la colección de Prabal Gurung. Un vestido rojo carmín, compuesto por un body ceñido al torso,  manga larga y cuello de tortuga con incrustaciones brillantes del mismo tono. Sobre esto, una estructura drapeada, con corte a la cintura y una pequeña apertura en el costado derecho. Mucha y muy fluida tela, hasta el piso. Una poesía en movimiento. El vestido que me pondría para mi coronación como reina de algún glamouroso país de medio oriente. Esa belleza de vestido (me) decía “Su Alteza Real”. 

El segundo look que me encantó era un Carolina Herrera azul marino de seda con satín. Un vestido fluido, con escote “con columpio” en la espalda (término dominguero que me enseñó una fashionista súper conocedora)  y un forro en tono mostaza dorada que se asomaba desde la apertura de la pierna y la del escote. Este vestido me lo pondría cuando rindieran homenaje a mi trabajo en la gala cinematográfica del festival de cine de Berlín. Ahora para el 2015…

El tercer outfit que quiero en mi closet lo antes posible, es un traje de Victoria Beckham. Voy a necesitar todos mis recursos de “fashion reviewer” (que son nulos) para poder describirlo. Es algo parecido a un tuxedo pero en de-construcción. Pantalones hasta el tobillo y un “saco” (que más bien sueña con ser capa) sin mangas, con solapa satinada. Mi outfit ideal para cuando esté sentada, en unas semanas más, en la primera fila del Paris Fashion Week.

Mi “oponente” en esta ocasión era mi esposo. Y sí, le atinó. Él también me veía vestida de “rojo real”. Señal más clara de que me conoce, no la hay. Era de esperarse, después de tanto tiempo juntos identifica muy bien los outfits de la realeza. Me despido, Su Majestad dejó las quesadillas para la cena, derritiéndose en el comal.

RJC.

(foto: guysinsuits.tumblr.com) 

El “cat eye” siempre le dará a tu outfit un toque sexy, atrevido y divertido. ¡Aquí unos sencillos pasos para que logres el look perfecto! 

¡Maja!

Ayer llevé a mi hija mayor a su primera clase de flamenco. El ballet clásico no era su opción número uno de clase extra curricular y la razón era sencillamente porque el uniforme no consta de falda larga y zapatos de tacón. Las bailarinas de ballet tampoco llevan un clavel rojo detrás de la oreja. Caso cerrado, a la academia de flamenco. 

Yo, como mi pequeña L,  también  he sentido  siempre una gran atracción por el  cante jondo, las castañuelas y el taconeo fuerte sobre pisos de madera bellamente desgastados. Pero más allá del baile, (que admiro y me encantaría algún día hacer con gracia), el “uniforme” me parece encantador. A mí, como a mi hija, el leotardo, falda larga con vuelos, zapatos de tacón, chongo restirado, arracadas doradas y labios color carmín como cereza en el pastel, me enamoraron a primera vista.

Durante mi niñez y pre-adolescencia, el disfraz de bailaora de flamenco/gitana era una constante. En mi casa mi mamá no era muy adepta a hacernos o comprarnos disfraces de Halloween, así que cada 31 de octubre para los festejos de nuestra norteamericana escuela, mis hermanos y yo creábamos nuestros propios ajuares. No fallaba, yo siempre salía con leotardo, falda larga, pañoleta amarrada en la cintura, tacones, pulseras en los dos brazos, todos los collares que me encontraba en la casa y labios rojos (a veces también me pintaba los ojos con la sombra azul de mi mamá pero ese es otro tema). 

Con esa vestimenta, la belleza gitana y yo, éramos una misma. Además, a mi parecer,  yo servía como una especie de canal por el cual se manifestaban siglos de cultura flamenca. ¿Que yo jamás había estado cerca  de Andalucía? Irrelevante. ¿Nunca siquiera en España? Intrascendente. 

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Muchos años después ya no me visto de gitana bailaora pero ahora tengo una hija que empieza a encontrarle el gusto no nada más a la vestimenta, sino también al taconeo. Tal vez lo psicológicamente correcto sería meterme a una clase yo también y así no transferirle a L mis deseos de baile no satisfechos. Sin embargo, creo que por el momento viviré el sueño, plácidamente, a través de ella.

Por mi parte prometo tenerle collares y pulseras disponibles para jugar, pañoletas de colores en sus cajones y playlists adornadas con la voz de Miguel Poveda y la guitarra de Antonio Sánchez. En otras palabras, yo puedo encargarme del ambiente y el disfraz. La maestra se encargará de enseñarle la posición de los brazos y a separar los codos del cuerpo, alargar el cuello, caminar con un costalito sobre la cabeza para no jorobarse, dar pasos firmes que empiezan con la punta del pie y terminan con el talón y a tocar las castañuelas con un dedo a la vez (“Meñique - anular - ‘corazón’ - índice… Meñique - anular - ‘corazón’ - índice. ¡Una vez más!”). 

Lo otro, lo intenso, apasionado, fogoso, intuitivo, sensual e inmensamente hermoso del baile flamenco lo tendrá que descubrir ella misma. Si esto llega a suceder me encantaría estar en primera fila; los hombros cubiertos con un mantón de andaluza, los labios muy rojos y un ramo de claveles en los brazos, en honor a ella… y también un poco, en honor a mí. 

Rossana Julián Colín.

(foto: www.dancefilms.org)

Tierra Rossa, diseñador del mes en Conspiración Moda.

Estamos felices de presentarles la marca de joyería Tierra Rossa, como diseñador del mes en Conspiración Moda. Tierra Rossa es una línea de accesorios con diseños frescos, sencillos y “limpios”, que utilizan materiales de la naturaleza para crear accesorios únicos e irrepetibles. ¡Una vez que los conozcas no podrás decidir con cuál quedarte!
CM: ¿Cuándo nace Tierra Rossa?
TR: Tierra Rossa nace en noviembre del  2010 con una propuesta bohemia donde se incluían piedras naturales, plumas, cuarzos y materiales en crudo que daban vida a una marca de joyería orgullosamente 100% mexicana y artesanal. Actualmente todas nuestras piezas tienen baño de oro de 18 quilates y hemos ido evolucionando con la finalidad de crear una joya de mayor calidad.
CM: ¿Cuál es el concepto detrás de la marca? 
TR: Nuestro concepto es fresco, innovador y versátil, buscamos que las piezas sean parte de la vida cotidiana de la mujer.
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CM: ¿Cuál es el proceso desde que diseñas la pieza hasta que está lista para la venta?
TR: Seleccionamos materiales que por su textura, colores y formas nos inspiran a crear diseños únicos y especiales para cualquier ocasión. Finalmente, le damos un baño de oro de 18 quilates de la mejor calidad, logrando prolongar la vida de cada pieza.
CM: ¿Qué materiales utilizan para sus joyas? 
Utilizamos materiales como plata, cristales, cuarzos y piedras preciosas. 
CM: ¿Cuál es la inspiración detrás de su joyería? 
TR: Buscamos materials, cristales y piedras preciosas que por su esencia nos inspiran a crear piezas llenas de femineidad y simbolismo. Así mismo, nos preocupamos porque cada pieza contenga un significado trascendente que marque tendencia entre quienes lo portan. 
CM: ¿Qué novedades/tendencias podemos esperar de Tierra Rosa?
TR: Estamos siempre buscando piedras y símbolos que hagan de Tierra Rossa una marca reconocida. Sacamos piezas diferentes dependiendo de la estación del año, jugando con colores y formas.
CM: ¿Qué relación encuentran entre Tierra Rosa y Conspiración Moda?
TR: Los dos son conceptos innovadores, que se adaptan a las necesidades de la mujer actual, los dos marcamos tendencias y  en conjunto logramos integrar todos los elementos más importantes de un look en armonía. 
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Curvas con soporte.

Seamos realistas, existen muy pocas mujeres a quienes no les guste llegar de “rompe y rasga” a un evento social importante. Desde el momento en que recibes la invitación a la boda de la temporada, lo primero que piensas es “¡¿qué me voy a poner?!” 

Acto seguido te da gusto (o susto) por los novios. Ya después te das el tiempo para chulear la invitación, leer a detalle los boletos, pensar con quién vas a dejar a tus hijos y tal vez hasta apartar lugar en el salón de belleza (o lugares, en plural. La lista de cosas que te tienes que hacer para quedar a ese nivel de presentable no es corta, ni lo son las horas de tan variados “tratamientos”).

Sin embargo, todo ese tiempo, la pregunta más importante sigue siendo “¿qué me voy a poner?” Y en un apretado segundo lugar: “¿tendré tiempo para bajar un kilo (o tres, o cinco) ? Cuándo la respuesta a esta última incertidumbre es “no”, ya sea por falta de tiempo o por apego a tu copa(s) nocturna de vino tinto, la ilusión debe entrar en acción.  

Existe una industria multimillonaria alrededor del culto a la fantasía del cuerpo perfecto por una noche. Fajas reductoras, calzón “control-top” (debería decir “pantaleta” pero me convertiría en mi tía Tila), calzón “control-bottom”, faja apretadísima desde abajo del busto hasta arriba de las rodillas, medias que “esculpen tus piernas”, faja cuerpo completo para amaestrar esos excesos rebeldes desde la clavícula hasta los tobillos. ¡Porque nada te parece de peor gusto que los rollitos exhibicionistas!

Tomas la decisión más importante del evento (y nada tiene que ver con la mesa de regalos de los novios). Tu vestido. Despampanante. Largo, dorado, con lentejuelas mate, escote (elegante) al frente y apertura en la pierna. La prenda creada con Jessica Rabbit y Sofía Vergara en mente. El vestido con el que las demás invitadas, desaparecen.

Pero antes, tus herramientas de control, necesitas evitar el riesgo de parecer un tamal amarrado con hoja de oro. Número uno, brassiere con grado superlativo de relleno en cada copa y estructura “levanta ánimos” (maravillas de la ingeniería moderna). Número dos, faja que se extiende de costillas a rodillas e inhabilita el fluir sereno de tu respiración. Al instante desaparece la celulitis, aparece la nalga, se define la cintura, se desdibuja 1/2 kg de volumen de cada muslo, se aligera el talle. Y tú, con una copa de bordeaux en mano. 

Te pones el vestido. Pintado. ¿Con este secreto de nailon y látex quién necesita photoshop? En el mundo de la ilusión óptica, la faja es reina. 

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Maquillaje natural en pasos muy sencillos.

Uni-Polar.

 ”Los polos opuestos se atraen”. Esta frase parte de la cultura popular siempre me ha llamado la atención. Primero porque me parecía romántica y ahora porque me doy cuenta de que la atracción no sucede por la (aparente) diferencia; una carga positiva que atrae a una negativa; sino porque muy en el fondo los extremos opuestos en realidad son muy parecidos. 

(Polo +)  Por un lado tienes la opción de verte femenina con un vestido floral de colores claros. Tela vaporosa y semi transparente que se mueva con la brisa mientras caminas por el malecón hacia tu restaurante japonés favorito. Pelo suelto, ligeramente decolorado por el sol, revuelto y sexy de esa manera que solamente sucede (sin tanto planear) cuando estás en la playa. Tu  perfume frutal y ligero combinado con olor a sal y aceite de coco (orgánico). Las pecas que siempre brotan juguetonas (a pesar del fps 50), sobre tu nariz. Pies bronceados, semidesnudos; uñas con tono de esmalte rosa chicle. 

Te detienes un segundo frente a un aparador y ahí está tu reflejo… Eres indudablemente la imagen de una mujer  muy femenina. (Hasta podrías desarrollar un “girl crush” contigo misma).

(Polo -)  La alternativa (el “opuesto”) es ponerte un traje sastre oscuro para salir a cenar con tu esposo a uno de los lugares más codiciado de la ciudad (si la ciudad es Nueva York, mejor). Línea de los hombros recta y fuerte, escote profundo, cintura ceñida, pantalones entallados (de preferencia hechos a la medida pero tampoco te pones tan exigente).  Zapatos puntiagudos, tacón peligroso. Pelo suelto, engominado y cepillado hacia atrás. Smoky eye y labios nude u ojos (casi) nude y labios rojos. 

Esta vez la imagen en el aparador refleja a un hombre y una mujer vestidos prácticamente igual. Te ves a ti misma vestida con ropa masculina y eso, por alguna razón, te hace ver y (sobre todo) sentir, aún más femenina. El sex-appeal te brota por los poros. (Lo sabes tú y te lo confirma él al soltar tu mano para tomarte de la cintura). 

Dos looks diametralmente opuestos que te llevan al mismo punto. Celebrar la mujer que eres. Suave y fuerte, silenciosa y asertiva, coqueta y reservada, sonriente y seria, intensa y ligera. Claro y oscuro, flores y “pin-stripes”. 

Las dos caras de la misma moneda. Un Ying y un Yang perfectamente bien vestidos. 

Here’s to a brilliant Friday.

Here’s to a brilliant Friday.

Corte y queda.

La relación con el estilista es uno de los apegos más fuertes que tiene una mujer. El acto de sentarte frente a un espejo, con el pelo recién lavado y sin vida aparente, bata negra brillosa cubriéndote, una ligera expresión de angustia ante lo desconocido y vulnerabilidad total al saber que hay una persona sosteniendo unas tijeras detrás de ti. Parece pesadilla de las feas. Una situación que requiere un acto total de fe. Así que cuando el resultado de esa experiencia peligrosa, es positivo, el lazo que se crea es de los más duraderos (y fundamentalmente dependientes). 

Hace algunos años, cuando vivía fuera del país, no me importaba esperar meses con un “look poodle desaliñado” con tal de que mi estilista de siempre me cortara el pelo durante mi visita a Guadalajara  (lo mismo sucedía con mi cita de dentista). Meses de espera con humedad 100% en el ambiente y chinos creciendo a la buena de dios. No era un look con el que digamos, me sintiera lista para dar una buena primera impresión, sin embargo la lealtad (léase: terror a unas tijeras nuevas) era más fuerte que el disgusto por la maraña que crecía, sin control, sobre mi cabeza. 

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En algún momento creí que esto era un “issue” solamente mío. Pertinente a lo apretado de mis chinos, la búsqueda por encontrar los productos idóneos para bajarles el volumen desbordado, mi historia de deseo (imposible de satisfacer en esta vida) por tener una melena larga, lacia y sedosa (¡y además, con fleco!), mi forma un poco redonda de cara y la redondez extrema que adquiere con un corte con exceso de capas.

Pero ahora sé que no estoy sola en esto ¡y que no sólo las mujeres albergamos esta fijación! Un amigo viaja al país vecino del norte cada que tiene chance para visitar a su estilista (y regresa súper guapo y renovado). Otro  se rapó casi “a coco” para no tener que buscar sustituto cuando el suyo se cambió de ciudad. Tengo amigas que me han hablado por teléfono muy angustiadas, cuando por alguna razón tienen que buscar a alguien más que las despunte. Y otra más que por despecho, va de estilista en estilista, transformando el cambio constante de tijeras, en un deporte extremo. 

El miércoles pasado fui a que me cortara el pelo alguien nuevo. Me disfracé de soltura, seguridad y confianza; mi meta era transmitir una imagen despreocupada (creo que los estilistas como los caballos, huelen el miedo y con un cliente miedoso es mucho más fácil cometer errores difíciles de enmendar). Después de que la asistente me lavara y el pelo y me diera un “masaje capilar relajante”, me pasaron a la silla giratoria. Bata bien abrochada, manos apretadas sobre las piernas, sonrisa congelada. Y mi pelo empezó a caer. Caía y caía sobre el azulejo recién barrido. La emoción se empezaba a transformar en sudor frío. Y mi pelo caía y caía un poco más. 

Imágenes de afros y micrófonos inundaban mis pensamientos. Eventualmente, el tijereteo paró.

Shirley Temple, versión hipster, in the house.

Rossana Julián Colín.

Cardio a la moda.

imageEl domingo pasado, al salir de la casa, mi esposo me dio una ligera “barridita” de arriba a abajo (como no queriendo la cosa) cuando íbamos de salida a caminar/trotar. El plan de acción era: una hora de ejercicio solos y de ahí a desayunar (el mejor plan posible; regalo de los abuelos). Después de ese mini-escaneo el comentario fue: “tú y yo somos de la misma onda, eso de gastar en ropa para el ejercicio como que no es lo nuestro”. 


Traducción: “Te ves como estudiante universitario foráneo. Se le acabó la ropa bonita de la semana, no ha ido a la lavandería y salió con el primer trapo que se encontró, a comprar unas Cocas a la tiendita.” Y aunque es muy probable que este escenario ficticio sea creación totalmente mía y que el comentario de mi marido no haya tenido tanta cola que le pisaran, a quien le queda el saco, le queda.

Desde mis clases de Step a mediados de los noventa, cuando el leotardo de tanga sobre las mallas hasta arriba de las rodillas eran el furor, admiro a las mujeres que se ven perfectamente bien combinadas a la hora de hacer ejercicio. Además de disciplinadas, bien vestidas (es probable que en esta combinación de virtudes yazca el secreto de la felicidad, tal vez hasta el de la juventud eterna). Y aunque los leotardos cola-less nunca fueron lo mío, sí debo admitir que le echaba más ganas a la ropa de gym en esas épocas. Ahora que soy una “lonely exerciser” (ya no pertenezco a un gimnasio, ni voy a clases en grupo) no le doy tanta importancia a lo que me pongo para sudar. Nada más los tenis pasan por un examen de calidad concienzudo, de ahí en fuera, pants son pants, shorts, shorts y una t-shirt que no revele ombligo mientras troto, es bienvenida como “workout gear”. 

¿Pero a qué mujer no le cala, aunque sea un poquito, que le digan que gastar en ropa de ejercicio (¡ropa de la que sea y para lo que sea!) no es lo suyo? Me parecía que la situación requería de atención inmediata. Y entonces me entero que Pinterest está inundado de tableros dedicados enteramente a los looks más creativos y bonitos y adecuados para hacer ejercicio. Hay blogs de moda/fitness, a cada paso (del teclado) que doy. Todas las marcas atléticas habidas y por haber tienen sugerencias súper específicas de lo que me debo poner.

Y entonces, lo siento… el jalón visceral que sucede cuando “eso debe ser mío”. Esa ausencia de freno de mano ante el canto de sirena consumista. Ahora esa sirena trae mallas azul-violeta hasta el tobillo, top del mismo tono y camiseta con cortes geométricos en la espalda en un intenso tono amarillo/naranjoso. Todo dry-fit, por supuesto. 

Así, sin duda, cualquier petirrojo que volara sobre el Bosque de Los Colomos y me viera trotando, se detendría admirado, a contemplarme. No soy tan lonely exerciser después de todo y resulta que usar ropa así de cool y funcional mientras hago ejercicio, sí es (absolutamente) lo mío.

Rossana Julián Colín.

(foto: www.newbalance.com)